El zoroastrismo es una de las religiones organizadas más antiguas que se conocen y, paradójicamente, una de las menos comprendidas. Surgió en la antigua Persia hace más de tres mil años, y aunque hoy cuenta con pocos seguidores, su influencia sobre el pensamiento religioso y filosófico del mundo occidental es mayor de lo que uno se imaginaría.
El fundador de esta tradición fue Zaratustra (o Zoroastro, en su forma griega), un profeta cuya vida sigue envuelta en cierta incertidumbre histórica. La mayoría de los estudiosos sitúan su actividad entre el segundo y el primer milenio antes de nuestra era, en una región que hoy abarcaría partes de Irán y Asia Central. Su mensaje rompió con el politeísmo dominante de su tiempo al proponer la adoración de una divinidad suprema: Ahura Mazda, el “Señor Sabio”.
Uno de los aspectos más llamativos del zoroastrismo es su visión moral del universo. La religión se articula en torno a un conflicto cósmico entre Ahura Mazda, principio del bien y el orden, y Angra Mainyu (o Ahrimán), espíritu del mal y el caos. A diferencia de sistemas religiosos fatalistas, el zoroastrismo concede al ser humano un papel crucial: cada persona contribuye, mediante sus pensamientos, palabras y acciones, al triunfo del bien o del mal. Esta ética se resume en una fórmula célebre por su sencillez y potencia: “buenos pensamientos, buenas palabras, buenas acciones”.
Los textos sagrados del zoroastrismo se recogen en el Avesta, una colección de himnos, rituales y enseñanzas transmitidas durante siglos de forma oral antes de ser fijadas por escrito. Entre estos textos destacan las Gathas, composiciones atribuidas directamente a Zaratustra, consideradas el núcleo doctrinal más antiguo de la religión. Un dato curioso es que su lenguaje arcaico ha permitido a los lingüistas reconstruir aspectos tempranos de las lenguas indoiranias.

El símbolo Faravahar en el Templo del Fuego de Yazd, Irán. Crédito de imagen: Bernard Gagnon / Wikimedia Commons
Un elemento que suele despertar interés es la relación del zoroastrismo con el fuego. Aunque a menudo se ha acusado erróneamente a sus seguidores de “adorar el fuego”, en realidad este actúa como símbolo de pureza, verdad y presencia divina, no como una deidad. Los templos zoroastrianos albergan fuegos rituales que pueden mantenerse encendidos durante décadas o incluso siglos, como expresión de continuidad espiritual.
Otro rasgo singular es su concepción del más allá. El zoroastrismo introduce ideas que hoy resultan familiares en muchas religiones: el juicio individual tras la muerte, la recompensa o castigo según la conducta moral y, de forma especialmente notable, la noción de una renovación tras el final del mundo, donde el mal será definitivamente derrotado y la creación restaurada. Numerosos historiadores consideran que estas ideas influyeron en el judaísmo tardío, el cristianismo y el islam durante los siglos de contacto cultural en Oriente Próximo.
En su apogeo, el zoroastrismo fue la religión oficial de grandes imperios persas, como el aqueménida y el sasánida, gobernando vastos territorios desde el Mediterráneo hasta la India. Tras la expansión islámica en el siglo VII, la comunidad se redujo drásticamente, aunque logró sobrevivir. Hoy, los zoroastrianos mantienen vivas sus tradiciones, pese a ser una minoría.
Así, el zoroastrismo no es solo una reliquia del pasado, sino una tradición que ayudó a moldear conceptos fundamentales de la espiritualidad humana. Su legado demuestra que algunas de las ideas más influyentes de la historia nacieron mucho antes de lo que solemos imaginar.
Nuestra compañera Sonia Gupta del canal AEnigma2 visita esta religión y muchas más en el segundo capítulo de su iceberg sobre religiones y sectas:
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Por: CodigoOculto.com










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